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La D es muda, paleto. – Los sábados de Inés


Django_desencadenado-290414411-largeParece mentira que yo, que os acusé a todos de ser cobardes en mi última entrada, esté ahora temblando de miedo ante la idea de publicar esta entrada, y todo porque se me ha ocurrido la fantástica idea de hablar sobre la última película de Tarantino: Django desencadenado. Y es que cuando se trata de Tarantino parecen existir dos opiniones posibles: o lo idolatras o lo detestas. Así es como parece que funcionan las cosas, pero siendo de esta manera, ¿Como se supone que voy a hacer una crítica?

En fin, aguantadme (y aguantaos).

 

Django desencadenado dura casi tres horas; exactamente 165 minutos. Y, por si alguien no se ha parado a pensarlo, eso es mucho tiempo. Yo intentaré ser más breve:

 

El principio es estupendo. No soy muy fan de los spoilers, así que os ahorraré el momento narrativo: simplemente empieza bien, y sigue bastante bien hasta el final.

Sin duda la película no sería nada sin el personaje -supuestamente secundario, aunque muy protagonista- del doctor Schulz. Está interpretado por el actor Christoph Waltz, uno de los favoritos -con razón- de Tarantino. Es un personaje muy bien construido y con suficiente carisma como para no olvidarlo. Ni a él ni a su caballo.

La actuación de Leonardo DiCaprio también es digna de ser mencionada, porque, aunque no sea ninguna sorpresa, lo borda. Lo mismo ocurre con Samuel L. Jackson, el cuál ya protagonizó Pulp Fiction, dejándonos algunas frases inolvidables, y que esta vez hace un papel más secundario, pero igual de inolvidable.

Pero si hay algo que de verdad haga que las tres horas merezcan la pena es el guión. Tarantino siempre ha sabido hacer algo bien, y esto es no ser políticamente correcto (ni se sabe cuantas veces se dice la palabra “nigger” en la película), y sobre todo no pretende dejar contentos a todos. Y eso es lo mejor. “Django desencadenado” es una película descerebrada, pero sólo en apariencia, de la misma forma que “Malditos bastardos”. Ambos tratan los temas más espinosos de la historia de la humanidad, y Tarantino los narra con la mayor irreverencia. De lo más estimulante.

Un punto interesante es la -pintoresca- música de la película. Tarantino se la jugó con los anacronismos, y creo que no ha salido mal parado. Aunque resulta un poco chocante escuchar rap en un Western, le da una nota de discordia a la situación que acaba por lograr que la música encaje en la escena.

Hasta aquí todo bien, pero para los que no sean muy amigos de la violencia gratuita, con saber que la película es de Tarantino, seguramente ni se lo piensen dos veces. Así es: parece imposible imaginar una película de Tarantino en la que no haya sangre y tripas volando por los aires. No os voy a engañar, como marca de la casa esto no podía faltar, y de hecho no falta, pero en algunos momentos da la impresión de que se está intentando controlar. En cualquier caso, es algo que se asume cuando el director es nuestro estimado Quentin.

La última media hora de la película resulta un poco más predecible y prescindible, pero merece la pena, y por eso se lleva 39 patas de 50, que viene a ser un 8 sobre 10.