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El Discurso del Rey


If I’m King, where’s my power? Can I form a government? Can I levy a tax, declare a war? No! And yet I am the seat of all authority. Why? Because the nation believes that when I speak, I speak for them. But I can’t speak.

 

Cuando apenas nos queda voz, en esos momentos de superior angustia. Superior a nosotros, superior al contexto de nuestras circunstancias, cuando la vida nos pone ante si un reto que a veces ni siquiera podemos llegar a comprender… entendemos, algunos, no siempre, que no es la vida ese momento en el que sojuzgar los problemas que se nos planteen es lo más adecuado. Que no es la vida ese lugar donde cortar de raíz sea lo más propio. Que no es la vida siquiera ese lugar donde imponer sea lo más ortodoxo. Porque la vida está llena de momentos en los que no somos capaces de superar algo, y que debemos saber afrontar. Pero no significa esto, atención, para aquellos que tiendan a la comodidad, la extrema y suprema prueba del gusto por no hacer nada, que podamos abandonar toda esperanza y dirigir nuestro sino hacia el capricho de la vida. Porque muchas veces, el reto que se nos plantea va más allá de la causa y finalidad en si misma. Va más allá de superarlo o fracasar. Va más allá. Y ese allá, lo pones tu. Tu delimitas el fin y el principio de tus esfuerzos por mejorar ante los no pocos escoyos que la vida plantea de manera arbitraria. Tu eres el príncipe Jorge VI de Inglaterra, que no puede abandonar el antojo de un demente a la orilla de la otra costa.

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En el no pobre esfuerzo de Colin Firth por articular un par de sintagmas seguidos, pues es de verdad esfuerzo, y llega a parecer que es ciertamente necesidad si no fuera porque le he visto desempeñando los más airados y fluidos papeles y discursos, se me queda cierta e inquietantemente corto. Corto bajo la colosal interpretación de un Geoffrey Rush apenas conocido… Y digo apenas, porque no tiene el par de Oscars que se merece, ni siquiera el reconocimiento que el público le debiera haber dado. Por otro lado, y como suele ser, me encanta Helena Bonham Carter, en el desempeño fresco y desenfadado de ‘Queen Elizabeth’ aunque, y este apunte es para el director, que en esta ocasión no es merecedor de premio alguno a mi no indigente juicio, ha tratado el personaje de una manera quizá excesivamente somera. He llegado ha echar en falta alguna irreverencia de la ‘reina’ y no me ha parecido que haya plasmado con todo el rigor que se merece el personaje de Jorge VI… Aunque bien es cierto, que de haber sido tratado con mayor rigor, probablemente habría perdido todo su encanto.

La ejecución de la obra es continuada, hilvanada con exquisita sutileza y un vocabulario riquísimo (enhorabuena traductores de España), el decorado majestuoso, como lo es la vida que narra, como lo es la ciudad en que se desarrolla y el genial ambiente de reparto, como el de Guy Pearce, hacen de esta una obra grande del cine contemporáneo.

Valoración general, sesgada por mi profundo amor a los tres actores principales: cinco patatas. El director, 3 y media. La historia, cuatro patatas. Los hechos reales; máxima puntuación. Porque Jorge supo que no podía evitar la guerra, como lo supo Chruchill. Porque supo que sangre Inglesa volvería a derramarse, y no se excusó en un memento mori o en un carpe diem, sino que con coraje, aprendió a hablar. Y vaya que si aprendió. Parece que el discursó que dio lo hubiera pronunciado tras décadas de envolvente soltura léxica y no menos años de funciones teatrales para públicos selectos. Como se dice en mi tierra: Fetén!

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REDRUM – Inés Vargas


Con la excusa de Halloween, hoy debería hablaros de una película de miedo. Sabed -para vuestra tranquilidad- que eso es exactamente lo que pretendo hacer.

Sin embargo, cuando yo hablo de “películas de miedo”, es muy posible que tú estés pensando en algo muy distinto a lo que yo quiero decir.

Aunque todas se definen como “películas de miedo” las hay que dan susto y las hay que dan terror. Las primeras son un gran ejercicio cardíaco -y es que te mantienen al borde del infarto hasta el último minuto- y las segundas no se pueden ver sin una buena manta a prueba de escalofríos: no necesitan ser demasiado intensas para ponerte los pelos como escarpias. De hecho se caracterizan por ser muy espeluznantes y a veces un poco desagradables (si no son muy buenas pueden rozar el mal gusto). El primer miedo es más físico, casi tangible, y se olvida rápidamente. El segundo es mucho más profundo y se adhiere a tu subconsciente hasta el punto de que, meses después, el recuerdo de una escena te puede procurar una agradable noche en vela.

Yo considero haber visto películas de ambos tipos, y puedo concluir de forma tajante y absoluta que me dan mucho más miedo las segundas. Aunque esto no es así con todo el mundo. Conozco a una pasmosa cantidad de personas que han visto las películas “Insidious” y “The Ring (La Señal)” y que aún se ríen al recordar la segunda, pero no se atreven a volver a ver la primera. Yo también he visto las dos, y jamás he pasado tan poco miedo con una película de miedo como con “Insidious”. Sin embargo, prefiero no hablar de “The Ring”.

Sorprendentemente, hay una película que parece afectar a todos por igual, -y con razón- probablemente pensarás si la has visto. Estoy hablando de “El Resplandor (The Shining)” de nuestro amigo Stanley Kubrick.

Esa película da miedo. De verdad. Sin categorías inútiles ni justificaciones racionales. Simplemente da miedo.

Para empezar, la historia es terrorífica. Incluso “los Simpsons” hicieron una versión, y seguía dando miedo.

No es tan sorprendente si sabemos que está basada en la novela de mismo nombre escrita por Stephen King. No he leído el libro y, sinceramente, no creo que pueda hacer acopio de valor ni para ojear los agradecimientos. (El hecho cierto es que he visto a hombres muy serios, loables y mesurados sudar de puro miedo al recordar esta novela, así que nos ceñiremos a la -terrorífica pero llevadera- película).

 

Sin duda, lo que todos recuerdan es la extraordinaria interpretación de los actores. Especialmente la de Jack Nicholson, que ha creado casi un icono de la locura con la cara de psicópata más terrorífica que he visto.

Lo que nadie olvida, es el doblaje. Lo único que, por desgracia, desentona en una obra tan extraordinaria. Es tan malo que merece la pena verla en versión original aunque necesites activar los subtítulos para seguir el diálogo.

 

A pesar de esta nota de discordia la película cumple su cometido de forma sobresaliente, y por eso se merece 8’5 patatas de 10.

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El Frenesí Dorado de la Humanidad


“El futuro orgiástico que año tras año se desvanece ante nosotros se nos escapa ahora; pero no importa, mañana correremos más rápido, alargaremos más los brazos…”

 

Todos hemos aprendido a perdernos en los deleites propios del ser humano. Todos hemos contemplado con incierta devoción los placeres inherentes a la actividad del mundo, que nos maravillan, que nos llenan, y que alejan a todos los problemas como si de un dulce destilado se tratara … y al final se necesitan, y son la propia perdición para los propios creadores, y al término te llevan a la locura.

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Propios de estos, y que sepamos de la suntuosa y perpetua genialidad de algunos pocos hombres que han contribuido al desarrollo del ser humano en sus cualidades más innatas y perfectas, son el amor, la música, la literatura y el cine (si no es este literatura interpretada por uno para muchos). Y Gatsby es en sí amor, lucha por amor y su fin es amar siendo amado, y es literatura, y habla con una corrección desmesurada como si fuera a extasiarte con su léxico y su sintaxis y que hace que todo lo que dice sea mas bonito, mejor, mas perfecto… Y Gatsby es cine, porque su vida es un dramático teatro avocado a un trágico e inmisericorde final, inapelable y rotundo. Y Gatsby es música, es fiestas barrocas, es frenesí de ideas y culto de devociones. Así que podemos decir que Gatsby es la creación más perfecta del hombre más humano, mas propio y mas atado a sus locuras, que son al cabo sus sentimientos… Que ni sabe ni quiere dominar. Y que como sabida conclusión de toda una vida dedicada a los placeres más humanos, está loco, y ata en la locura a los que lo rodean. Y estos aprecian cierta envidia en su locura, y quieren en parte disfrutarla… Pero una vez dentro, ya no son capaces de vivir sin ella, y no pueden salir, y se ahogan en el dulce, cada vez más dulce, de su cada vez más destilada bebida de los placeres del hombre.

Y esto es Gatsby. Fiesta barroca mezclada con el incoherente renacimiento y refinamiento del ser humano. Y es tal la magnificencia de su vida, es tanto el dinero y las fiestas, es tanto el placer mundano y el derroche, es tanta la devoción que le presta al amor y al ser amado, que fracasa en el intento de vivir. Porque hay algo ahí fuera que no permite que nos realicemos al completo por nosotros mismos en los placeres de nosotros mismos. Porque estamos avocados a no alcanzar nunca el final, sino siempre perseguir ese estado de equilibrio entre lo exacto, lo perfecto y lo irrefutable, con lo humano, el error y el placer subjetivo. Y no hay nunca que pecar de exceso ni de defecto… Porque no hay que ser Gatsby. Porque aunque conozco vuestros pensamientos anhelando la vida perdida del Gran millonario en el frenético vaivén de Nueva York, sabéis que es nocivo, y que ser tan fiel a todos los mencionados placeres solo consigue una cosa: acabar con tu vida. Y este fue el sino de Gatsby. Y durante toda la eternidad seguiremos recordando a Gatsby en un incomprensible esfuerzo por tocar la luz verde al final del embarcadero… Y nos preguntaremos siempre, por los siglos de los siglos que siga esta novela de Scott Fitzgerald entre nuestros placeres, si de verdad merece la pena tanto, tanto, tanto. Tanto esfuerzo que te deja exhausto, por el amor de una mujer. Y será esta obra en su genialidad la que perdure y nos guíe por siempre en la mesura y la razón de los placeres del hombre.

 

“…Y así seguiremos, navegando, barcos a contracorriente, devueltos sin cesar al pasado.”

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Castigo…¿y crimen?


Muchos han hablado del castigo ante un crimen; ya sea uno de tal tamaño como el asesinato, como el simple hecho de haber robado una chocolatina en una gasolinera. Cada crimen, según sea su medida, tiene su manera de ser sancionado.
Pero, ¿y si se castiga por un delito que no se ha cometido? Pero no una sanción pequeña, no. Sino una de las típicas que tanto gustan a los americanos, como cadena perpetúa o ya hablando en palabras mayores, la pena de muerte. Tan solo pensar en un castigo así a alguien inocente hace que se te pongan los pelos de punta, y esto es algo que saben los directores de cine. Por eso aprovechan este hecho, este interés de las personas por ver sufrir a alguien inocente y pasarse toda una película derramando lágrimas, con la creación de grandes producciones como “Cadena perpetua” o “La milla verde”. Dos grandes ejemplos de terribles sanciones a gente inocente.
Estas dos increíbles producciones, cada una tratada de una manera específica, pero haciéndonos sentir mil emociones durante todos sus minutos, saboreando cada momento de ellas sin poder siquiera pestañear. Hay que decir que el tema en sí elegido en ellas ya es algo que atrae, pero si además sabes sacarle el jugo como ha hecho Frank Darabon (Curiosamente director de estas dos películas, las cuales también están las dos basadas en novelas del gran Stephen King) acabas teniendo una obra maestra ante tus ojos.
Empezando por Cadena perpetua, decir que te engancha desde el primer momento, y a medida que transcurre va haciéndose cada vez más y más buena dejándonos con un final que te deja pensando en ella durante horas. Todos los que la hayan visto estarán de acuerdo conmigo con que es una de las mejores películas de la historia del cine. Y si además le añadimos que el gran Morgan Freeman es uno de los actores de ésta, no cabe duda de que es digna de ver. Querría destacar un momento particular de la película, el protagonizado por el hombre más anciano de la prisión. Ese momento me cautivó, entró en mí como una flecha y aún después de tanto tiempo desde la primera vez que vi la película me sigue dando que pensar. Sin duda, mi momento favorito de toda esta magnífica producción.
Prosiguiendo con La milla verde, otra increíble película que, además de hablarnos de un castigo a alguien inocente, nos regala un poco de magia para dejarnos soñar y recordarnos que aún hay un poco de humanidad incluso en las personas más dolidas. Con un final totalmente diferente al de Cadena perpetua (he de añadir que, personalmente, me gusta más el final de la otra) y un poco más previsible, pero que también nos hace disfrutar y tener mil emociones a la vez desde el primer minuto de ésta hasta que la pantalla se cubre totalmente de negro.
Dos producciones dignas de ver, con grandes repartos, un muy buen director y el gran Stephen King como escritor de las novelas en las que se basan. Si con todo esto no dan ganas de empezarlas a ver, sinceramente me retiro.
Para concluir mi crítica, una de las mejores frases de Cadena perpetua: “Lo más gracioso es que cuando entré en prisión, yo era un hombre bueno y honrado; y aquí, me he convertido en un ladrón.”
cadena perpetua

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¡Nueva Temporada! (Y algunas noticias más)


¡HOLA PATATÓFILOS Y PATATÓFILAS!

Ahora sí, empezamos nueva temporada en la Patata Letrada, después de algún que otro retraso por problemas técnicos. Podéis ver el vídeo promocional, y de presentación aquí:

Además traemos muchas novedades, entre ellas secciones que ya iremos inaugurando y…¡NUESTRA NOMINACIÓN A LOS PREMIOS BITÁCORAS! Por ello os pedimos que nos votéis pinchando aquí o entrando en http://goo.gl/6gXYMh . Probablemente os preguntaréis en qué categoría votarnos. Pues bien, no hay exactamente una categoría entre las que vienen ahí en la que clasificarnos, pero las más cercanas son Mejor Blog de Cine y TV Mejor Blog de Humor y Entretenimiento. ¡Podéis votar todos los días!

Muchas gracias con antelación y…esperemos que os guste esta nueva temporada, aquí en La Patata Letrada.

Un saludo!!